El Alcázar y la Torre del Homenaje

Olivenza nació a la Historia bajo la corona de Castilla tras la definitiva reconquista de Badajoz (1230)de la mano del Temple. Más tarde Alfonso X el Sabio desalojó a los Templarios de su encomienda de Olivenza, posición estratégica en la frontera portuguesa, y entregó el lugar al Concejo de Badajoz (1278). Pero a los pocos años se produjo un hecho trascendental que cambió el curso de su historia, poniendo fin a la etapa de soberanía castellana: el Tratado de Alcañices.
Por el Tratado de Alcañices de 1297, el Rey D. Dinis de Portugal se anexiona Campo Maior y Olivenza, clavando así dos cuñas en los flancos norte y sur de Badajoz, por delante de los ríos Caia y Guadiana. Olivenza entra en la segunda etapa de su historia: un enclave portugués en la margen izquierda del Guadiana, amenazante siempre sobre el flanco sur de Badajoz. La nota dominante en la etapa de soberanía portuguesa será, sin duda alguna, la arquitectura militar.

Lo primero que hizo D. Dinis fue reparar la primitiva cerca templaria levantando altas murallas con foso, puertas fortificadas en cada cara y torres en los ángulos. “Ficou esta aldeya tao mudada que mereceo o nome de vila, preeminencia somente dos lugares que tinhão castello.” En la Sala de Arqueología del Museo se conserva la primera piedra de las obras de reforma de D. Dinis (1306), siendo alcaide Pero Lourenço de Rego. Tres años después estas obras recibían nuevo y definitivo impulso gracias a la asignación que hizo la Orden de Avis de la tercera parte de las rentas de la iglesia de Santa María “pera o dicto muro e carcova e outros deffendimentos da dicta vila e para se fazer alcáçar.”

El alcázar era una especie de ciudadela amurallada dentro de la ciudad fortificada, con salida independiente al exterior. Como zona residencial destinada al gobernador o alcaide y a su guarnición, integraba diversas dependencias nucleadas en torno a una torre principal, de mayores dimensiones que las restantes. Gracias a la inscripción conservada en una de sus saeteras, sabemos que el Homenaje de Olivenza se encontraba levantado casi en su mitad el año 1332, reinando ya por tanto D. Afonso IV.

El exterior de la torre es severo y macizo. Acentúan su impresionante verticalidad los paramentos de mampostería y ladrillo, perfectamente lisos, con sillares de refuerzo en los ángulos. Sus dimensiones (18 m. de lado por 36 de altura) nos revelan la intención programática de superponer dos cubos. En las caras se abren apenas los trazos verticales de las saeteras (24 en total), cuyo objetivo era doble: iluminar (hacia el interior) y defender (hacia el exterior). La verticalidad de este prisma, que sobresale dominante sobre las tierras llanas de Olivenza, se rompe únicamente en el coronamiento con los balcones amatacanados que se abren en el centro de cada una de las caras.

La volumetria arcaizante y pesada de la torre oculta, sin embargo, un interior de gran dinamismo espacial. Rasgo específico de la arquitectura militar: intimidar con lo que se muestra, pero también con lo que se esconde. Diecisiete rampas de trazado rectilíneo dan acceso a la terraza, en un esquema de comunicaciones verticales que nos recuerda inevitablemente el adoptado por los almohades en el célebre alminar de Sevilla.En el interior de la torre, con paredes “dobles” fuertemente trabadas entre sí de 5’5 m., hay además tres salas. La primera, a nivel del suelo, con bóveda circular sobre pechinas, reforzada por tres poderosos arcos apuntados. La segunda, cuadrada, con bóveda esquifada que arranca de una línea de imposta. La última cámara tiene forma de octógono y se cubre con una espléndida bóveda con gallones sobre gruesos nervios que arrancan de una clave central.
Pasado el ciclo de las guerras fernandinas – en las que Olivenza, fiel a D. Juan I de Castilla, se rodeó con una segunda muralla – la villa regresó a soberanía portuguesa. La nueva dinastía fue igualmente consciente de la importancia estratégica del enclave oliventino. Y así, entre los años 1485-94, D. João ordenó rodear el alcázar con una cava o foso inundable forrado por completo de piedra. Además de esta base de muralla de sillería inclinada – elemento innovador que luego se adoptaría en la famosa Torre de Belem – D. João II ordenó también la construcción de dos protobaluartes, torreones de planta semicircular artillados en su base, cuya función era barrer el foso con tiro flanqueante. Unos años después los dibujó el tracista Duarte de Armas. Se conservan restos de uno de ellos, embutido en el ábside de la ermita de Santa Quiteria. Las obras fueron supervisadas por el constructor del castillo de San Jorge da Mina, el famoso Diogo de Azambuja. Ruy de Pina nos dejó constancia de ellas en su Crónica del Principe Perfecto.

Obra de los reyes de la primera dinastía D. Dinis y D. Afonso IV, completada y modernizada por D. João II, la torre de Olivenza era reputada todavía a principios del siglo XVIII como la mejor de todo el Alentejo. En un informe militar de esa fecha podemos leer: “Olivença tem hum bom castelllo com uma torre quadrada que he a milhor de toda a Província, onde se sobe facilmente a cavalo, não obstante a sua grande altura, e nella se achão duas peças de artilharia que dominão inteiramente as vizinhanças da Praça.”

Tras pasar Olivenza a soberanía castellana por el Tratado de Badajoz de 1801, que puso fin a la llamada Guerra de las Naranjas, el alcázar mantuvo intactas todas sus virtualidades defensivas. Un año después de que Olivenza dejara de ser considerada plaza fuerte, en 1870, el recinto fue destinado a cárcel del partido judicial. Desempeñó esta función hasta 1970, acometiéndose las primeras obras de restauración en 1977: derribo de los edificios anexos, urbanización de la plaza, reconstrucción de uno de los balcones,etc… En 1982 se instaló en su interior el Museo Etnográfico Municipal. Nuevos derribos en la calle Ruperto Chapí el año 1997 dieron como resultado la pérdida del antiguo Almacén de San Luis o Parque de Ingenieros y la barbacana o antemural en que apoyaba su fortísima bóveda. Gracias a estas mismas obras, sin embargo, pudo quedar al descubierto una parte del foso de D. João II, conservándose en perfecto estado la escarpa y contrasescarpa originales.