Convento de San Francisco

Actualmente cercado por un baluarte de la muralla del XVII, el Convento fue construido en el último cuarto del siglo XVI y ocupado por Monjes Franciscanos en 1.594, provenientes de un primer convento más sencillo en las inmediaciones, fuera de la ciudad. En la época española, con el cambio de la administración eclesiástica, en 1804, fueron sustituidos por monjes españoles de la Colegial Mayor de San Pedro y San Pablo de la Universidad de Alcalá de Henares, que se mantuvieron en él hasta 1.835. Posteriormente fue destinado a diferentes actividades; la última dedicada a almazara de propiedad privada, aunque se proyecta la compra por parte del municipio para restaurarlo y dedicarlo a actividades culturales.

Exterior:

Como el convento de las Clarisas o de San Juan de Dios, también éste es de planta cuadrada con claustro de doble arquería en el interior, aunque se diferencia en sus menores dimensiones y en que las arquerías de los claustros no van aquí separadas por cornisa.

La fachada del convento es sencilla, destacando la capilla, rematada por frontón en triángulo, con la puerta principal en el primer nivel, adornada con molduras de cal, sin materiales nobles, imitando pilastras, entablamento y sobre éste el emblema de la Orden Tercera de San Francisco. En el segundo cuerpo se abren tres ventanas rectangulares que iluminan el coro y la nave. Sobre todo el conjunto, el frontón triangular alberga en su interior una hornacina con la figura de San Francisco al que curiosamente los viejos del lugar llaman «o robapilotas», porque allí se les quedaba encajada la pelota en sus juegos de infancia. El remate central acaba en cruz de piedra y los laterales son acroteras.

Interior:

El interior del convento se encuentra bastante alterado debido a los diversos usos que ha venido teniendo desde que en 1835 saliera de él la última comunidad de frailes. Actualmente, salvo la capilla, que sirve de sede a la Cofradía de los Obreros, el resto del edificio está ocupado por una fábrica de aceite.

La iglesia, se adosó después de la construcción del convento. Estuvo también abandonada como el resto hasta que en el año 1868, Victoriano Parra impulsó la idea de su reconstrucción.

La planta es de rectángulo, con bóveda de cañón apoyada en cornisa corrida. El altar mayor no presenta materiales nobles ni nada de especial destaque.

En la nave se encuentran 8 capillas laterales: cuatro del lado del Evangelio y cuatro del lado de la Epístola. Todas son sencillas salvo la primera del lado del Evangelio, dedicada a la Orden Tercera de Penitencia, tal como lo indica el emblema situado sobre el arco exterior. Dicha capilla, denominada en el siglo XVIII como de Santa Isabel (de Hungría), sufrió diversas modificaciones y mejoras a lo largo del tiempo, datando la última precisamente del siglo citado. Se trata de una capilla con bóveda circular rematada en cúpula con linterna. Se abre a la nave por un arco de medio punto, en mármol labrado en sus capiteles y con peanas laterales en la parte media del intradós. En el interior destaca un buen retablo neoclásico en mármol cuyo motivo principal está constituido por una hornacina que se dedicó a un cristo crucificado, rodeada de dos hornacinas más pequeñas y a nivel ligeramente inferior que albergaron las imágenes de San Ivo y Santa Isabel. Debajo de la hornacina principal y encima del sagrario un hueco rectangular acogía la imagen del cuerpo yacente de Nuestra Señora de la Buena Muerte, patrona de esta comunidad franciscana de Olivenza, colocada aquí en 1739.

Para la memoria colectiva de Olivenza, esta capilla es referente importante por albergar en su suelo el enterramiento de la Venerable Maria de la Cruz, profesa de la Orden Tercera, fallecida el 1 de enero de 1635, del que se conserva su losa, con el emblema y texto que su hagiógrafo, el Padre Belem, describe en su obra «Olivença Ilustrada pela vida e morte da Grande Serva de Deus, Maria da Cruz», la cual predijo antes de su muerte que se realizaría aquella capilla donde sería enterrada.

De entre el resto de capillas destaca la que estuvo dedicada al «Senhor dos Passos do Bom Fim», la cual aparece ornamentada en su exterior con azulejos historiados alusivos a la vida y muerte de San Francisco.

Según el profesor Dr. Vallecillo Teodoro, cuya referencia bibliográfica se facilita, otras de estas capillas tuvieron también retablos de talla dorada, aunque no han llegado hasta nuestros días, como los de Juan Bautista, la Piedad, San Diego y el Padre Eterno.

Son también de destacar los dos púlpitos laterales en mármol, de estilo neoclásico, en la cabecera de la nave y, en el suelo, como en el resto de templos oliventinos, numerosos enterramientos, donde destacan algunas losas blasonadas de la nobleza de Olivenza en el espacio que precede al presbiterio.

Esperemos que la recuperación para uso público de todo el convento permita también abrir al turista la capilla con la exposición de las imágenes antiguas que se han conservado; hoy en día guardadas para evitar su deterioro a causa de la humedad.